LOS POINTERS DE MI INFANCIA

 

Hace ya varios lustros, mi abuelo, gran aficionado a la caza y a los perros, albergaba en su casa a gentes del Norte que venían a cazar a nuestra Castilla involutiva y paupérrima. Su hospitalidad y altruismo le hizo acrisolar una buena amistad con cazadores que portaban buenas armas, buenos perros y que, a la vez, irradiaban familiaridad.

Mis ancestros, cazadores por antonomasia en varias generaciones, conocían a la perfección los entresijos del campo y a ellos recurrían los aficionados foráneos.

Yo, aún niño, escuchaba embelesado e impertérrito las tertulias interminables versadas sobre la cinegética y percibía la desemejanza entre unos y otros.

Ataviados y engalanados con ostentosos e impolutos atuendos, escopetas relucientes de pletinas largas y llaves ocultas, se contraponían a los atavíos modestos de los de mi estirpe. Y contrastaba y parangonaba nuestros perrillos, livianos de osamenta, de orejas izadas, de hocicos zorrunos y ojillos vivaces con la envergadura y alzada de los suyos. Predominaban, sobre todo, los pachones navarros, algunos de nariz partida. Y, entre todos ellos, una perra descollaba sobre los demás. Me asustaba su mirada fulgurante y la expresión escrutadora de sus ojos.

Ahora sé, porque tengo en mi memoria el recuerdo de su estampa, que era una pointer bella, mediana de talla, cabeza cincelada, stop pronunciado y nariz extremadamente larga. Me sedujo y obsesionó la magnificencia de su figura, su realce aristocrático, que comparaba con los cuadros que representan escenas de caza junto a los reyes. También a mi abuelo le cautivó esa perra de ademanes nobles, que en el campo era recia e indómita, anárquica y atrevida, ingobernable, que cazaba fuera de mano y mostraba firme.

No dudó mi abuelo, hombre emprendedor que había pasado su juventud en las Américas, en buscar infatigablemente esos perros hidalgos que nos habían fascinado e ilusionado.

Le proporcionaron una hembra nacida en el Pardo, mediolínea. Sobresalía el realce de su cabeza y de fuerte estructura ósea que apareó con un pointer importado de Inglaterra, alto de talla, del tipo mediolíneo, mesocéfalo y esternón tres dedos por debajo de los codos. Unicolor de manto, metacarpos blancos y cola de aguijón..

Era un pointer bello y fascinante, como lo fueron también sus descendientes. Su potencial genético prevalecía en sucesivas generaciones.

Con el paso de los años he comprendido que esos pointers no hipnotizaban las perdices con su mirada fúlgida, como aducían mis familiares, sino que las hacían aplastar sobre la tierra, las mantenían a raya por su tesón e inteligencia. Y me prendé de ellos.

Mis tíos se desgañitaban cuando se perdían en la lejanía como caballos desbocados y las perchas, al final de la jornada, eran más exiguas. Preferían la rusticidad de sus perrillos de orejas izadas, de hocicos zorrunos y ojillos vivaces, que cazaban a la mano y les llenaban las alforjas de liebres y de perdices.

Con una cuerda les cingulaban los ijares para aplomar sus impulsos, otras veces, los apeaban o les colgaban una retranca del cuello.

Eran insumisos e indómitos por su hidalguía, nobles y recios por su arrojo y jamás se arredraban con el castigo. Cazaban desde el alba al anochecer e incluso varias jornadas consecutivas. Su galope impetuoso con el hocico muy por encima de la horizontal. Parecían desplazarse sobre ruedas como los caballitos de los niños.

Al cumplir tres o cuatro años se atemperaban y mostraban la carne con fijeza, estatuarios, pétreos; las aletas nasales orientadas hacia el cielo se agrandaban que cabía en ellas el dedo pulgar, los ojos desorbitados y orondos; mascaban el aire embriagándose del tufillo de la caza y babeaban de placer. Contenían su jadeo porque su resuello no delatara al campo y tan sólo se atisbaba el temblor de los flancos, que casi les cubrían las costillas esternales. Guiaban como serpientes, elevando los orificios nasales tan alto como le fuera posible, haciendo remesones a latigazos, la cruz alta, el cuello estirado, los metacarpos tan derechos que parece que los pies danzaran como bailarinas de "ballet", como si la caza estuviera en las nubes.

Desde entonces sigo cazando con pointers. Tal vez haya magnificado a esos perros de mi infancia, porque de niño, todo, aunque tenue, lo engrandecemos con la magnificencia de una ensoñación y aún prevalece latente la estela de esa ilusión. Pero ese empeño obsesivo en conseguir hasta su mayor grado de eugenesia el perro ideal me hace ser tenaz y obstinado, mantenerme expectante ante un nuevo cachorro.

El señor Ayesta, criador de tantos y tan buenos perros me verificó: "El pointer ideal, tal vez, se tiene una vez en la vida".

En mis conversaciones con Condado y Cabestrero les expongo, aunque soy un profano aprendiz, mis preferencias sobre los pointers. Los prefiero mediolíneos, porque, aunque necesiten tres "foulées" donde un longilíneo necesita dos, se adecuan mejor a las largas jornadas de caza. Deben ser indómitos e incansables, devoradores de campo, apasionados y altaneros, inteligentes e intuitivos, hipnotizadores de la caza, dominantes y cautivadores.

Pequeño, enjuto, cuadrado, de corvejones anchos, de tórax profundo, de hueco cubierto; pecho ancho, hocico cuadrado, ejes craneofaciales convergentes, nariz recta o ligeramente cóncava, respingona hacia arriba en su extremo, que pongan mirando al cielo con el cuello estirado como si fuera de chicle, pisando de puntillas, casi con las uñas, saliendo en "filata", haciendo guías a remesones para concluir con una parada instantánea de "scatto", a veces dando saltos "Strappí", que corran como diablillos con el hocico muy alto y que te ponen los pelillos de punta cuando paran en seco, pétreos, esculturales.

Esos diablillos indómitos, valientes y recios, que cortan el viento como corceles, acaban siendo con un buen adiestramiento santos diablillos.

Su arrogancia e impetuosidad, su altivez e insumisión la abominan algunos adiestradores. Pero el pointer es el pointer sin más, modelado y cincelado de sus ancestrales vestigios con mucho tiento, con mucha paciencia y perseverancia hasta esculpir la figura de lo que hoy denominamos pointer.

Quizás, ese pointer ideal mitificado en mi infancia, y del que guardo un sinestésico recuerdo, sea como los primeros amores, bellos e imposibles.
 
 

Fdo.: José Antonio Vizán Rodríguez.
 

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